Digesto de Costumbres Registrales

14° ~ 05.05.97: Revista «Legajo C»: Vocabulario

13° ~ 02.10.96: Revista «Legajo C»: De Refranes también se aprende

12° ~ 06.07.96: Revista «Legajo C»: El Registro New Age

11° ~ 05.03.96: Revista «Legajo C»: Una Gran Familia

10° ~ 05.12.95: Revista «Legajo C»: Puntos de Vista

9° ~ 07.09.95: Revista «Legajo C»: Transferencia con fritas, $ 54.-

8° ~ 02.06.95: Revista «Legajo C»: Dime qué Chapa usas…

7° ~ 04.09.93: Revista «Legajo C»: Irremediablemente insufribles

6° ~ 01.06.93: Revista «Legajo C»: Llantos de Mostrador

5° ~ 03.03.93: Revista «Legajo C»: Recursos Humanos

4° ~ 05.12.92: Revista «Legajo C»: Bienvenidos

3° ~ 05.05.92: Revista «Legajo C»: Nunca será demasiado

2° ~ 07.03.92: Revista «Legajo C»: Guirnaldas Navideñas

1° ~ 4.11.91: Revista «Legajo C»: Basta de Legajos

Mostró la Hilacha

Roberto Etchenagucía —ese Encargado abandonado por su mujer al cumplir las bodas de plata— intentó reencauzar la relación con su esposa (*).

La invitó a recorrer el país en auto desde Posadas hasta la Península de Valdez, donde se celebraban 21 años de la creación de la AAERPA.

Durante el viaje le prometió que no utilizaría más pedidos de consentimiento conyugal para utilizar el baño de la casa que compartieron ni le reclamaría nuevos «informes de dominio» a los pretendientes de su hija mayor.

Todo parecía preanunciar un final feliz considerando que Mabel —así se llamaba su mujer— lo había dejado por utilizar abusivamente el vocabulario registral en la vida cotidiana. Pero las cosas cambiaron radicalmente cuando llegaron a la Península.

Y es que Roberto no pudo ocultar su «adicción dominial» frente al hotel que recibía a los Encargados de todo el país: dejando su mujer en el auto, corrió para abrazarse con Esteban Garcilazo, otro Titular a quien no veía desde hacía quince años.

El fervor del encuentro y frases como «tantos años de inscripciones iniciales no te han cambiado en nada» o «un poco más viejo, pero sigo siendo el viejo lobo de los legajos», hicieron que Mabel dudara de las promesas que su marido le había formulado durante el viaje. Pero no permitió que una tontería opacara la felicidad de los días de ruta (y es que nunca supo que el coche elegido por Roberto para la reconciliación finalizaba —adredre— con los mismos números de dominio que aquel en que habían ido a pasear la tarde en que iniciaron el romance.

Un poco más asustada se sintió cuando notó que los organizadores habían provisto habitaciones pares para los Registros de códigos pares y viceversa. Pero lo tomó finalmente como una gracia desafortunada. Le entregaron un cronograma de actividades y Mabel se alegró, horas más tarde, de compartir un asado entre Encargados y no escuchar bromas de «tengo ganas de transferir una costilla a mi estómago» o «voy a presentar una reserva de prioridad para esa molleja».

Claro que la situación comenzó a preocuparla cuando descubrió que el torneo de paddle se dividía entre jugadores «singles» y parejas de «condóminos», o cuando notó que la Encargada del Registro N° 8 de Tierra del Fuego lucía una remera de «liberación aduanera» para explicar la ausencia de su marido.

Por la noche estaba anunciado un baile, y Mabel se cuestionó seriamente su estado de ánimo. Es que las mesas reunían a los concurrentes bajo carteles de «uso privado» (parejas estables) y «uso público» (Encaragados y Encargadas ofreciendo su afecto).

Comprendió entonces las cosas en su real dimensión. Se miró fijamente con un turista que estaba alojándose en el hotel y dejó una nota en la habitación que compartía con su marido: «Esta vez sí —declaró en el rubro ´Observaciones´ del Formulario 04— me voy por Exportación Definitiva»

(*) Influyó en esta decisión «la soledad que le provocó haberse desprendido de su viejo equipo de trabajo» (Ver) , como dijo mucho después a su hermano Coco.

Alejandro Puga

Revista “Ámbito Registral” Nº 6, Diciembre de 1997

Digesto de Costumbres Registrales – Tomo II

 

Derramamientos de Sangre

«Digesto de Costumbres Registrales Tomo II», Compilación

Los partidos políticos, los equipos de fútbol, la Iglesia Católica y cualquier familia tiene disputas frecuentes. Se trata de diferencias de opinión o posturas frente a la vida que parecen irreconciliables, aunque siempre acaban encontrando su punto de equilibrio.

En el Registro del Dr. Roberto Etchenagucía, en cambio, esas internas llegaron a provocar derramamientos de sangre. Algunos incidentes menores instalaron una guerra sin bandos ni lealtades:

  • la facilidad con que el Encargado Suplente se ganaba el afecto de los usuarios y las gestoras, provocando una feroz envidia en el resto del plantel.
  • la manera de vestirse de Estela, que generaba miradas libidinosas de sus compañeros de trabajo y comentarios cizañeros de sus vecinas de escritorio.
  • el «hurto de novio» que Florencia le propinó a esa misma Estela.
  • El cuidado que ponía Gonzalo en resguardar sus útiles de trabajo de manos ajenas.
  • La disputa instalada por el uso de la computadora, fotocopiadora, el teléfono y la nueva abrochadora.
  • La arbitraria vara que utilizaba el Encargado Titular para medir la capacidad y el mérito de cada uno de sus empleados.
  • La persistencia con que Norberto elogiaba el empeño, la eficiencia, la celeridad, los modales, los conocimientos y hasta las opiniones ajedrecísticas del Encargado.
  • El «cambio de idea» de Alfredo, quien olvidó sus quince años de militancia en el Partido Comunista Revolucionario para adherir al liberalismo (cuando el Encargado Titular lo propuso como Suplente)
  • La indiferencia de Aníbal quien sólo trabajaba para mantener una cobertura social.

Los enfrentamientos se agudizaron, las «meriendas de reconciliación» que ideó Florencia no funcionaron y todo finalizó en una gran batalla. Volaron chapas alfanuméricas, equipos de fax y legajos que se creían extraviados.

Finalmente, todo el personal fue despedido y ahora puede verse a este mismo grupo de gente, entretejiendo similares maniobras a las siete de la mañana mientras hacen cola para pedir trabajo en distintas agencias de empleo.

En tanto nuestro Encargado (Roberto Etchenagucía, esa víctima del sistema que vio partir a su mujer cuando festejaba sus bodas de plata) continúa cobrando sus emolumentos y sólo ríe al recordar las absurdas disputas que presenciaba.

Etchenagucía cree que ganó tranquilidad; pero también es cierto que ahora extraña los elogios de Norberto, la indiferencia de Aníbal, las piernas de Estela y hasta los derramamientos de sangre que se producían frente a sus narices. Está pensando seriamente en volver a su viejo equipo de trabajo o —al menos— salir a recorrer agencias de empleo junto a ellos.

Alejandro Puga

Revista «Ámbito Registral», Agosto de 1997

Digesto de Costumbres Registrales – Tomo II