Carlos Martín Berrotarán

Revista Legajo «C» N° 15

En diciembre de 1992, 26 años atrás, nuestro hoy director periodístico Alejandro Puga era un estudiante de la carrera de Ciencias de la Comunicación de 24 años que se desempeñaba como cronista de la revista «Legajo C» desde el año 1991. En ese carácter se reunió con el Cnel (R) Carlos Martín Berrotarán, ex Director Nacional de la D.N.R.P.A, y esta fue su crónica del encuentro:

«Nacido hace 74 años —tres hijos y seis nietos— en la ciudad de Córdoba, Carlos Martín del Corazón de Jesús Berrotarán nunca hubiera podido diferenciarse de sus ocho hermanos por su tercer nombre. Su madre, muy católica, eligió llamarlos «del Corazón de Jesús» a todos ellos».

«Después de terminar el bachillerato en su ciudad natal, Berrotarán ingresó al Colegio Militar y continuó su carrera hasta retirarse como Coronel en 1962″. 

«En julio de 1966, el presidente Juan Carlos Onganía —quien conocía a Berrotarán desde hacía años— le ofreció hacerse cargo de la Dirección Nacional del Registro del Automotor. Luego de dos meses de comisiones y reuniontes consultivas, Carlos Martín Berrotarán asumió la conducción del organismo en septiembre de 1966, cargo que desempeñó hasta mayo de 1970″. 

«Fue en ese momento cuando el presidente Onganía le asignó otra misión: dirigir la Comisión Nacional Azucarera, encargada de reactivar los ingenios que al quebrar habían dejado sin medios de vida a cuatro pueblos de la provincia de Tucumán. Allí estuvo hasta 1973, año en que regresó a la Capital Federal para desempeñarse durante 10 años como Director de la Asociación de Fabricantes de Automotores (ADEFA)».

«Actualmente, Berrotarán vive con su esposa en el barrio de Palermo y —si la honestidad puede medirse en metros cuadrados— se trata del mismo departamento que ocupaba cuando asumió el Registro Automotor, allá por 1966″. 

«Berrotarán respondió así a las preguntas de Legajo ´C»:

¿Cuáles cree que fueron las medidas e innovaciones más importantes que se produjeron durante su gestión?

«Mi medida más importante fue extender el funcionamiento del Registro Automotor a todo el país. En julio de 1966, al proponérseme la conducción del organismo, yo quise hacer un relevamiento de la situación en que se encontraba la registración de automotores. Me reuní con todos los organismos que tenían relación con el tema: concesionarios, policía, fabricantes y municipalidades. Se llegó a la conclusión d

e que tal como estaba, funcionando sólo en Capital Federal y Gran Buenos Aires, el Registro no servía para nada. De continuar de esa forma, era mejor dar marcha atrás con todo y volver al viejo patentamiento municipal». 

«Se expuso la situación ante el presidente de la nación, Juan Carlos Onganía, y él dio el visto bueno para organizar el Registro Automotor, extenderlo a todo el país y dotarlo de todo lo que necesitaba para su funcionamiento. Sólo allí fue cuando acepté el cargo». 

«Claro que para llevar a cabo este proyecto descomunal necesitábamos de fondos propios. Así fue como logré que saliera una Ley por la cual el Registro podía disponer para su equipamiento y funcionamiento de todos los fondos recuadados por sí mismo. Eran sumas fabulosas que nos permitían una gran libertad de movimiento».

«El segundo paso fue luchar contra las provincias. Tierra adentro no querían saber nada con un patentamiento nacional, porque se les quitaba una importante fuente de recaudación. Finalmente accedieron ante las ventajas que implicaba la organización de un Registro Automotor a nivel nacional».

«Otro avance significativo fue el hecho de disponer que las Prendas sobre vehículos se inscribieran directamente en el Registro Automotor, el que luego las giraba vía interna al Registro de Créditos Prendarios. De esta forma, el Contrato Prendario quedaba ligado al automotor por el número de dominio. Hasta ese momento las concesionarias protestaban porque el bien prendado no tenía forma de identificarse una vez inscripto, ya que existía un divorcio total entre el Registro Automotor y el Prendario».

«El cambio de imagen se completó con la simplificación del trámite de inscripción. En 1965 una persona tenía que concurrir ocho o nueve veces al Registro para conseguir sus chapas, su Cédula Verde y su Título del Automotor. Nosotros cambiamos todo el sistema y logramos que el usuario pudiera presentarse sólo una vez en la oficina automotor. Las chapas las retiraba en el Puesto de verificación y el Título se lo mandábamos por Correo». 

«También los fondos que obtuve a través de la Ley que me permitía manejar el dinero del Registro compramos el edificio  del puesto de verificación, en las calles Oro y Cerviño. En ese momento las Verificaciones las hacía el Ejército. No era lo ideal, pero el hecho que existieran puesto militares en todo el país nos solucionaba el problema de expansión del Registro Automotor».

«En 1970, cuando me retiré, el gran objetivo estaba cumplido: todo el país contaba con Registros del Automotor y casi la totalidad del parque se encontraba inscripto».

¿Qué fue lo que quedó en el tintero, lo que le hubiera gustado y no pudo hacer?

«Mi dolor más grande fue el no haber llevado a cabo la computarización del sistema registral».

«Durante mi gestión convocamos a IBM y a Bulll —que en ese entonces eran las empresas informáticas más grandes del país— para que hicieran un relevamiento de los procedimientos de trabajo del Registro. Estas empresas llevaron a cabo todos los estudios y diseñaron una nueva forma de trabajo, compatible con los procedimientos informáticos. Y nosotros logramos, incluso, que se sancionara una Ley por medio de la cual fue posible microfilmar los legajos de tal manera que la nueva copia tuviera el mismo valor legal que el documento original». 

«Cuando los estudios estuvieron finalizados —también los hicimos nosotros, contratando un experto por parte del Registro— llamamos a una licitación pública, para que participaran todos los que quisieran hacerlo. Presentadas todas las propuestas, decidimos que la m

ás económica y que tenía mejores perspectivas de cumplirse era la de IBM».

«Ocurrió que una vez asignada la tarea a IBM, el director de Bayresco —empresa que también había participado de la licitación— impugnó la adjudicación argumentando que IBM no contaba con capitales nacionales. La Justicia le dio la razón a Bayresco y la informatización del sistema quedó en la nada». 

«Fue allí cuando el Ejército se ofreció, con su servicio de intelegencia, a realizar el trabajo. Yo hablé con Alejandro Agustín Lanusse —que en ese momento era Comandante en Jefe— pero me negué a aceptar el ofrecimiento. Consideré que el Ejército podía realizar el trabajo pero, ante cualquier imprevisto, cualquier razón de fuerza mayor, la tarea iba a quedar inconclusa e iban a abandonar el Registro».

«La historia me dio la razón. Agustín Cucciaro —el Director Nacional que continuó a Bertelloni en el Registro Automotor— le entregó la informatización del sistema al Ejército y un buen día después de haber gastado millones de pesos, el Ejército abandonó el trabajo».

«Otra cosa que me hubiera gustado y no pude lograr se refiere a la propiedad de los Registros Seccionales. Sin dejar de contar con una administración privada yo hubiera querido que el Estado comprara y montara los locales, para luego entregárselos al Encargado. De esta forma se solucionaba el problema de las Sedes Seccionales, que no cumplen con óptimas condiciones edilicias y ocasionan molestias al usuario».

¿Qué opinión tiene del sistema de registración argentino, comparándolo con otros del mundo?

«Nosotros estudiamos mucho la problemática de registración del vehículo en sí. Pensamos que en algún momento iba a ser necesario cambiar el sistema de patentamiento que establece la Ley -por domicilio del titular y orden de dominio, ligado a la provincia de radicación— y sustituirlo por un sistema de letras y números a proveer directamente por las fábricas de automotores».

«Pero este sistema tiene algunos inconvenientes, a pesar de que en su momento las fábricas apoyaron la posibilidad de implementarlo. El problema es que cuando los vehículos salen de la terminal nunca se sabe en qué parte del país van a ser comercializados finalmente, y esto determinaría una caótica distribución de patentes en todo el territorio nacional sin ningún tipo de ordenamiento».

«En líneas generales, yo creo que el sistema es bueno, aunque debería ser complementado. La Policía Federal, por ejemplo, siempre objetó que en las chapas de los autos no figurara la ciudad donde se encontraba radicado el vehículo». 

«En su momento existía una Disposición que obligaba al Titular a colocar sobre la placa metálica una chapita provista por el Registro Seccional que indicara la ciudad de última radicación del Legajo («Azul», «Rosario», «Andalgalá»). Si modificaba su domicilio el titular o se transfería el automotor a otra jurisdicción, debía cambiarse también la chapita. Pero finalmente, la exigencia fue poca y el sistema no se universalizó«.

¿Qué opinión tiene del próximo reempadronamiento argentino? (se le estaba preguntando en ese momento por el de 1995, cuando comenzaron las identificaciones de tres letras y tres números)

«No conozco el sistema a fondo. Lo he leído en el diario y he recibido comentarios, pero no estoy interiorizado como para emitir una opinión definitiva. Lo que se me ocurre es que surge un problema inmediatamente: la grabación de los cristales».

«Todo el parque automotor tiene los cristales grabados con el número de dominio del coche, lo que constituye —para un agente que recorre las calles— una primera presunción de que el vehículo está en orden. Los ladrones de autos, por lo general, no se preocupan mucho en hacer grandes modificaciones. Cambian las chapas y tratan de liquidar el rodado lo más rápidamente posible pero, de tener que cambiar los vidrios, la cosa se les complica. La grabación de los cristales, entonces, constituye una traba para el robo de automotores que con la asignación de un nuevo número de dominio —como está previsto en el reempadronamiento— dejaría de cumplir su función».

«Pero más allá de este aspecto puntual, lo que realmente debe considerarse es si el reempadronamiento —con todo el costo y las molestias que ocasionará a los usuarios— servirá en definitiva para sanear el parque automotor. Porque en la Argentina el problema es que los delincuentes tienen más velocidad que el Estado».

Alejandro Puga

Nunca será demasiado

Tapa del libro “Digesto de Costumbres Registrales”, compilación

Mi larga trayecto vinculada a la registración de automotores me ha impulsado a escribir esta líneas. Me permito aportar parte de mi experiencia todos los Encargados de Registro, con el objetivo de hacer más cofiable y seguro cualquier trámite vinculado al automotor.

Detallaré a continuación algunos recaudos de contralor que, si bien no son obligatorios, es importante que se cumplan para lograr una mayor seguridad registral.

  • Trámite de Transferencia: Deberá solicitarse al comprador un Certificado de buena conducta expedido por el Colegio Secundario donde haya estudiado (más de 20 amonestaciones no es recomendable inscribir el auto a su nombre), exámen médico completo, dos amigos que den cuenta de su hombría de bien y dos empleadas que completen una declaración jurada consignando no haber recibido acoso sexual. El formulario 12, por su parte, deberá acompañarse con dos fotos 4 x 4 del perito que realizó la verificación.
  • Denuncia de Venta: El interesado estará obligado de presentar, al menos, dos boletos de colectivo por día; desde la fecha en que declare haber cedido el auto.
  • Denuncia de Robo del Automotor: Es imprescindible solicitar una foto que atestigue el comento del delito o, en su defecto, una Declaración Jurada del malviviente que dé cuenta del hecho.
  • Inscripción de Prenda: El usuario deberá explicar el juego en que la obtuvo. El Registro tendrá que constatar, con los amiguitos, que la hay cumplido. Caso especial: para las Prendas por préstamo de dinero, el usuario deberá acreditar que no es jugador compulsivo.
  • Cambio de uso (de particular a taxi): El interesado tendrá que presentarse en el Registro junto con algún extranjero que declare haber viajado en su taxi y haber pagado U$s 100 por el viaje Retiro – Plaza de Mayo. El visitante estará obligado a demostrar que conoció Villa Fiorito durante el trayecto.
  • Baja de motor, chassis o automotor: Deberá entregar el elemento que se da de baja en el mostrador del Registro.
  • Rectificación de nombres: El usuario se someterá a la ´prueba de la verdad´. Ella consiste en darse vuelta inmediatamente cuando un empleado registral lo llame por el nombre que declara.
  • Cambio de Domicilio: El interesado adjuntará boletas de luz, gas y teléfono al Formulario 04. Deberá presentarse en el Registro junto al portero de su nuevo edificio.
  • Denuncia de Compra: Tendrá que presentarse cualquier autoparte del vehículo.
  • Informe de Estado de Dominio: El interesado se verá obligado a presentar, junto al Formulario 02, un anexo de por lo menos cuatro fojas donde se detallen las razones y motivaciones personales que lo llevan a solicitar el informe. El Registro, por su parte, es conveniente que entregue junto al triplicado del Formulario completo, al último titular en persona —con un sello del número de dominio estampado en la frente—

Cientos de otros recaudos pueden imaginarse, y nunca deberían ser despreciados

Alejandro Puga,

Revista Legajo ´C´, Mayo de 1992

«Guirnaldas Navideñas»

Alejandro Puga en la revista “Legajo C´, marzo de 1992

«El 24 de diciembre pasado debí concurrir a un Registro Automotor para realizar un trámite que creí sin importancia. Me preparaba para soportar una larga espera dentro de una populosa oficina pública, decorada con empleados y escritorios heredados del primer gobierno patrio».

«Sin embargo, grata fue mi sorpresa cuando noté que un adorno navideño colgaba de la puerta del Registro. Más me asombré cuando una hermosa minifalda —fue lo único que retuve— me hacía pasar ofreciéndome una copa de sidra. Pensé que se trataba de un exceso de cortesía (o de una cargada) pero, al levantar la vista, no exagero si les transmito mi sensación de estar al borde del desmayo».

«Frente a mis ojos el Encargado Titular —vestido con bermudas floreadas, remera jamaiquina y ojotas flúo— repartía regalos entre los usuarios al tiempo que los invitaba a sentarse en cómodos sillones para disfrutar de una bebida helada mientras esperaban su trámite».

«Giré mi cabeza y vi como el cajero se distraía premeditadamente y olvidaba cobrar los aranceles ¡Qué ningún usuario osara recordárselo! rezaba un cartelito incrustado en su sombrero mexicano. El empleado de archivo, mientras esquivaba guirnaldas, sorprendía a los tramitentes mostrándoles su propia fotografía en colores en la tapa del legajo. El empleado de Correo —juro no estar mintiéndoles— se ofrecía a enviar gratuitamente, hasta cualquier punto del país, las tarjetas de salutación que quisieran enviarse». 

  • «¿Usted es nuevo en esto no?» Un viejo gestor, ya entrado copas registrales, sacudió mi asombro.
  • «Sí, sí…» atiné a contestar.
  • «Se nota —dijo—. Para nosotros es algo normal, todos los años se repiten estos festejos navideños. Pero no crea que todo son rosas, los brindis ya no son lo que eran antes»
  • «¿Por qué?» me limité a preguntarle, mientras notaba que el vaso comenzaba a deslizarse de sus manos, rumbo a un mantel decorado con placas metálicas.
  • «Ocurre que como en toda buena familia, aquí también existen disputas. Algunos años atrás el festejo lo hacían todos los Registros juntos. Pero claro, la apertura de nuevos Seccionales hizo que a algunos Encargados le fueran quitados más legajos que a otros y ¡para qué!… Se generaron rencillas por correspondencia mal entregada, por derivación de problemas y hasta por llamados telefónicos de mala gana. Lo cierto es que la chispa se convirtió en llamas cuando una Encargada Suplente —esposa del Titular— comenzó a hacer extrañas ´reuniones de capacitación´, a solas con el muchacho de Rentas de otro Registro. El esposo humillado, en un rapto de locura, roció el archivo del Registro de ese joven con pólvora blanca, haciendo estallar el petardo más grande de la historia navideña. Dada la dimensión que habían cobrado los acontecimientos, la Asociación de Encargados se puso firme y prohibió definitivamente estos festejos. Pero bueno, los chicos sólo quieren divertirse y más de una vez puede usted encontrarse con algún inspector entreverado en las celebraciones».

«En fin… le serví un poco más de sidra porque el hombre se había emocionado recordando estas historias y elevé mi cabeza. El Encargado me hacía señas para que pasara a los sillones y como mi 02 certificado se había convertido en papel picado, olvidé mis viejo prejuicios hacia la administración pública y decidí sumarme al jolgorio. Es que mi país nunca descuida sus navidades».

Alejandro Puga

Revista Legajo «C»

Marzo de 1992

«Basta de Legajos»

Tapa del libro «Digesto de Costumbres Registrales», compilación.

Alejandro Puga en la revista «Legajo C´, noviembre de 1991

«Yo era un hombre común, que andaba por la vida como el más común de los mortales».

«Sin embargo un buen día —que no puedo precisar con claridad pero creo que coincide con mi debut en el ámbito de la registración de automotores— mi vida comenzó a modificarse lenta e irremediablemente»

«Empecé a sentir los primeros síntomas en lo que se refiere a mi concepción del mundo. Siempre creí que el planeta se dividía en países y continentes, pero un buen día noté que empezaba a compartimentarse en legajos. El mundo era mi archivo».

«Algo similar ocurrió con mis amigos: empecé a nombrarlos por el número de chapa de su auto y los apodaba con los tres últimos números de dominio. La antigua Tarjeta Verde, que tantos años ocupó mi billetera, pasó a ser la ´Cédula de Identificación del Automotor´, y ni siquiera un prolongado paso por el psicólogo pudo evitarme el conflicto de esa modificación». 

«Creo que hablo solo. Camino y mantengo interminables diálogos imaginarios con extranjeros que se niegan a hacer una declaración jurada de domicilio. El oculista también se opone a estampar un sello de ´Deberá grabar cristales´ en mis recetas de anteojos, y el dentista me explica que no es necesario presentarle el Impuesto de Emergencia para arreglarme una caries».

«Tal vez lo peor de todo es que mi mujer me hechó de casa. Yo no me doy cuenta, pero argumenta que al atender el teléfono digo «Registro», y que en lugar de preguntarle si el café tiene azúcar le pregunto si tiene deuda de Rentas. Me despierto por las noche —dice— gritando que hay que constatar los oficios, mientras que los sábados y domingos 12.30 hs parece que corro hasta la puerta de casa, la cierro y me niego a atender el timbre por el resto del día».

«Hasta mi hijo me mira extrañado: para su cumpleaños le regalé un juego completo de los formularios existentes, porque me pareció una forma muy didáctica para enseñarle el nombre a todos los colores».

«Mi mujer, mis hijos, mis amigos. Creo que ya no puedo más y nada me distrae. Reemplacé mi devoción hacia las novelas de ficción por una compulsiva lectura del Digesto. Mi antiguo placer por la historia universal quedó relegado frente a una minuciosa revisión de legajos viejo: mis compañeros de trabajo me sorprenden habitualmente observando con lupa formularios de inscripción inicial de la década del ´60. Estoy solo, duermo bajo el mostrador del Registro y vivo con una ficha de OCA bajo el brazo, por las dudas».

«Esto, como verán, no es una nota: es un desesperado pedido de ayuda. Antes de que sea demasiado tarde, por favor, Basta de Legajos».

Alejandro Puga

Revista «Legajo C»,

Noviembre de 1991